Conectar

conexión

Vuelvo a escribir después de mucho tiempo. Este cuento breve ha representado un nuevo y divertido desafío para mí, ya que lo protagoniza un personaje femenino en primera persona. Hay mucha emotividad propia vertida en él.

¡Que lo disfruten!

Otro día más…y nada. Ayer no me dio ni cinco de bolilla en todo el día. Y hoy no parece que vaya a ser distinto. ¿Sigue siendo el mismo Javier que conocí? ¿Habrá perdido el interés en mí? Quizás simplemente se volvió un imbécil. No digo esto por despecho, eh, ¡no me malinterpreten! Describo una realidad objetiva, sí sí, ¡estoy segura de eso!

Pero, ¿qué digo? Si Javier es la persona más profunda e interesante del mundo ¡Tenemos una gran conexión! Solemos pasar mucho tiempo juntos, somos inseparables… aunque últimamente no me registre tanto.

Amo, entre otras cosas, nuestros paseos por la plaza. Si bien tengo una vida bastante sedentaria, me hace muy bien airearme cada tanto, y Javier tiene ese detalle: Me toma con su mano delicada y segura a la vez, elige siempre el mismo banco, se sienta lentamente mientras mira el horizonte, y luego nos adentramos en las profundidades de la vida, la muerte, el amor, la pasión, las virtudes y los vicios, la libertad y los sueños; y así estamos hasta que el Sol se esconde tras la copa de los árboles.

El diálogo con él es mágico, nunca me había sucedido así con otra persona. Él no se queda en la superficie. Sabe leer entre líneas cada cosa que le cuento, sabe entrever cada sutileza; cada sugerencia la capta con increíble sensibilidad. Muchas veces, Javier descubre en mí potencialidades que ni yo sabía que tenía; y siempre demostró un interés y una avidez deslumbrante por escucharme. Aún cuando revisitamos capítulos que ya conoce de mí, lo hace con la atención de la primera vez; y son incontables las noches en que nos hemos quedado hasta altas horas de la madrugada, explorando el mundo con la imaginación y “reflexionando hasta hacer doler el cerebro”, como siempre dice que le pasa conmigo ¡Tan dulce y tan intelectual, él!

Pero no. ¡¡Me estoy dejando llevar por los sentimientos!! Me cuesta aceptar la realidad: ¡Todo esto forma parte del pasado! Me lo veía venir, para ser sincera. Desde hace un tiempo, nuestros encuentros no tenían la misma frecuencia, ni la misma frescura, ni el mismo interés de su parte. Desde hace un tiempo dejó su corazón quién sabe dónde y se volvió un ser más insípido. Hoy me ignora por completo, como si fuera un objeto inservible, día tras día. Peor aún: últimamente anda por la vida con esa misma actitud desfachatada. Mira la tele, juega no sé qué jueguitos en el celular, mira centenares de vídeos en YouTube. Vive conectado al mundo virtual, pero desconectado de la realidad; y sobre todo, desconectado de mí…

¡Yo ya no lo soporto más! ¡Tengo que hacer algo urgente! ¡No puedo quedarme callada! Listo, ¡decidido! Hoy por la noche me voy a hacer notar, le voy a hacer notar lo perdido que está y cuánto necesita volver a ser la persona profunda que siempre fue, voy a despertarlo de su ensueño…

 



 

Javier volvía cansado a su casa. Auriculares puestos, mirada perdida, andar pausado. Al llegar a la entrada, buscó inconscientemente en el bolsillo de su pantalón la llave de su departamento. Tarareando una canción, colocó la llave y abrió la puerta. Sin escalas fue a su habitación, se sentó a los pies de la cama, y se quitó en automático los zapatos, las medias, el pantalón de vestir y la camisa que usaba para su flamante trabajo. Con pesadumbre, se recostó en la cama sin abrirla, sobre el acolchado, y se dispuso a dormir. Mientras sus ojos se iban cerrando, logró entrever el ventilador colgado en el techo, que había quedado prendido desde temprano. Llegó a reconocer también su estantería de libros, empotrada en la pared justo encima suyo, mientras el sueño se apoderaba de él…

¡Pum!

Se escuchó un golpe sordo en la habitación, y un gemido de dolor sofocado salió involuntariamente de la boca de Javier. Algo lo había golpeado en la frente, que sentía latir como si tuviera vida propia. El dolor lo había despabilado; por ello, no le costó incorporarse y abrir los ojos como platos, buscando acostumbrarse a la escasa luz proveniente de la calle que entraba por la ventana. Necesitaba cuanto antes encontrar el origen de esta inesperada interrupción de su descanso.

El misterio no tardó en develarse: un libro de buen tamaño, casi tan grueso como una Biblia, de tapa dura y rugosa, se encontraba en su falda, cerrado. Por algún motivo éste se le había caído encima. Quizás lo había dejado mal colocado la última vez. Su tapa tenía ya una fina capa de polvo porque, como bien sabía Javier, hacía bastante que no lo tenía en sus manos.

Lo reconoció en cuanto lo vio. La reconoció, más bien. Era la primer novela que le había regalado su fallecido papá: Fabiola.

Un sutil escalofrío recorrió todo su cuerpo al revivir con emoción todas las experiencias que había vivido gracias a Fabiola. Cuántas inquietudes, cuántos anhelos, cuántos sueños y cuántas reflexiones le habían despertado las historias que ésta contenía. Más de una vez, las lágrimas habían brotado de sus ojos al recorrer sus páginas. Amaba, entre otras cosas, llevar a Fabiola a la plaza de la vuelta de su casa, y en la relativa calma de una plaza de ciudad, sumergirse una vez más en ese mundo de héroes de carne y hueso, de valientes que enfrentan sus miedos sin negarlos y de amores que son fieles hasta la misma muerte. O cómo olvidar las incontables noches en que se quedaba leyendo a Fabiola, hasta que le ardían los ojos y “le dolía el cerebro de tanto pensar”, como le gustaba decir.

– ¡Qué abandonada que tengo la lectura, la verdad! ¡Y qué abandonada que te tengo, Fabiola!

Sabía que no era sólo culpa suya, aunque también era cierto que se había dejado arrinconar por la rutina, las obligaciones y, sobre todo, por la comodidad. Sin embargo, sabía que si quería podía ser él quien tomara las riendas de su vida, y sin dudarlo se prometió a sí mismo retomar su hábito perdido.

Quiso recomenzar a leer la novela una vez más, desde el principio; pero el cansancio de ese día hizo que Javier se quedara dormido en la página 3, libro en mano.

Aún así, el objetivo estaba cumplido; y ella, satisfecha, durmió feliz en su regazo.

5 comentarios en “Conectar

  1. Pingback: Reconectar | Algunas Historias

  2. Maxi!!!! Qué lindo relato!!!!
    Usaste dos narradores…uno en primera y otro en tercera persona. Al principio relata una voz femenina, luego hay un narrador omnisciente. Está muy bueno jugar con esas dos perspectivas.
    Está muy bien escrito el texto, y es muy poético…las palabras se deslizan en mi mente con facilidad y van construyendo las diversas imágenes que componen la historia.
    Me encantó que la novela esté personificada…y, desde ya, la insospechada casualidad de que esta golpee al chico, en un primer momento en un sentido literal y luego, metafóricamente.

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  3. Hola estoy con mis amigas y nos encanto tu relato! Nos volvimos locxs!!! Estamos en una duda eso si, si mi amiga Ximena tiene 14 años y su hermana Zulma tendra dentro de 5 años el doble de mi edad el año pasado, y yo tengo 18 años. Cuantos años tiene Zulma? Es para ir a un boliche y no sabemos si la dejan pasar… gracias Doc

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    • ¡Muchas gracias por el comentario! Hace un tiempo que no estoy sentándome a escribir, pero pronto ya sacaré otros, mientras tienen los demás en este blog… y ese problema me resulta DEMASIADO familiar, jajaja. Mis alumnos del curso de ingreso de Nordelta ’18 saben la respuesta a esa pregunta y pueden ayudar a la pobre Zulma 😉

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