¡Mi primer relato!

taxi

Comienzo este humilde blog con el primer relato que escribí, en el marco de una competencia de cuentos cortos que armé con amigos. Está basado en una historia real. Más precisamente, es el calco de una experiencia personal, una de las “anécdotas locas” que me ocurrieron en 2012.

Update: El público creció un poquito. Mis disculpas adelantadas a los lectores extranjeros por los modismos y otras palabras extrañas que encuentren, fue concebido como un relato bien argentino (incluso porteño), ¡y estas son las consecuencias! Debajo dejé un pequeño glosario.

¡Que lo disfruten!

¡Taxi!

La tarde estaba avanzada, pero el calor del día todavía se hacía sentir, y por momentos era incluso agobiante. Mi vestimenta elegante, por otra parte, tampoco colaboraba demasiado: una camisa blanco Ala, una corbata bastante llamativa – de esas que requieren una personalidad fuerte para ser utilizadas con estilo – y un decente saco oscuro. La ocasión, una celebración de fin de año en el colegio donde trabajaba. Hacia allí me encontraba viajando en colectivo desde la Universidad, pensando en los exámenes que me quedaban y divagando sobre las vacaciones, la vida, y demás tópicos en los que uno piensa mientras está tranquilo y sin nada mejor que hacer…

Interrumpiendo mis pensamientos, eché una mirada a mi alrededor. El medio de transporte se encontraba casi vacío: Una señora de tercera edad se encontraba sentada en uno de los primeros asientos, ¿tejiendo quizás? Eso parecía. Más adelante, en un asiento individual, estaba una chica de cabello dorado con unos auriculares fucsia furioso en la cabeza. Miraba sin mirar a través de la ventana, perdida en sus propias reflexiones y con un aspecto melancólico contagioso. Finalmente, una parejita melosa en los asientos de mi derecha hablaba y se reía animadamente. Por sus gestos y su lenguaje corporal en general, hubiera apostado que llevaban no más de tres meses de pareja, cuando todo es “¡cuchi-cuchiii!” y “¡moorcis!”. Quizás había alguna otra persona, pero realmente no lo recuerdo ¡Mi memoria no se destaca por ser de las mejores!

-Si seguimos a este ritmo, llego como 20 minutos temprano al colegio, ¡genial!- pensé.

¡Qué ingenuo fui!

El autobús tomó la Avenida Córdoba como siempre; mientras se acercaba a la parada del colegio, me levanté y toqué el timbre. Bajé, y comencé a caminar…

Caminaba tranquilo… la vida me sonreía… un gran trabajo… la verdad que la había pegado con el laburo, uno se sentía a gusto trabajando así, cómodo, ligero…

Realmente me sentía ligero. Demasiado ligero.

–  ¡Ay no! Algo no está bien, algo me falt-¡¡La mochila!! ¡Me la dejé en el colectivo! ¡Mi cuaderno de la facultad! ¡Tengo final en una semana! ¡NOOO!

Y mientras yo gemía y me lamentaba, el colectivo se alejaba cada vez más.

En ese nanosegundo pensé:

– Yafue-noloalcanzo-mirolapatenteyllamodespué ¡NO!esecuadernovaleoro¡yafuelocorro!

Así comencé la persecución desesperada del colectivo, que acababa de frenar 2 cuadras más adelante, en el cruce con la Avenida 9 de Julio. Corrí como desalmado: tan sólo estaba a  50 metros.

20 metros

10 metros y…

¡arrancó!

– ¡A mí este colectivo no se me escapa!

Crucé la 9 de Julio a toda velocidad, notando de reojo cómo la gente me miraba con cara de signo de pregunta.

Por supuesto que el colectivo me dejó rápidamente atrás. Pero yo, decidido como estaba, no dudé en hacerlo: me di vuelta, frené el primer taxi libre que encontré, y me subí gritando:
– ¡¡Siga a ese colectivo!! -. Me bastó observar la instantánea mirada asesina del taxista para recordar que no estaba en una película, y que en la vida real las cosas funcionan algo diferentes, por lo que añadí: -¡por favor! ¡Me dejé la mochila cuando me bajé!

Tras la pequeña aclaración, el rostro del taxista se fue relajando hasta terminar en una breve carcajada, lo cual me devolvió el alma al cuerpo. Me contestó que no había problema y aceleró, comenzando a esquivar autos en búsqueda del dichoso transporte: tan compenetrado en la persecución como si la mochila fuera suya.

Mientras tanto, yo me enfoqué en intentar divisar el colectivo que se estaba llevando mi preciada propiedad. Lamentablemente, la línea que había tomado era la más frecuente de Buenos Aires; y como resultado teníamos adelante no uno, no dos, sino ¡cuatro colectivos iguales! ¡y más allá había más!

Cuando alcanzamos el primero, el taxista me preguntó: – ¿Es éste?

– ¿Podrías adelantarte al bondi y te confirmo? ¡Creo que recuerdo la cara del conductor!

Creía recordarla. No supe con seguridad ni al alcanzar al primero, ni al alcanzar al resto. Juzgando que ya debíamos haberlo pasado, y aprovechando que un semáforo en rojo retenía el tráfico, tomé una decisión difícil: Le di cien pesos* a Carlos – en algún momento en medio del caos supongo que le pregunté su nombre- le pedí que me siguiera mientras revisaba los colectivos que habíamos sobrepasado, y me bajé del taxi.

Corrí hasta el primero y golpeé la puerta. El colectivero pensó que me quería subir, y no quería abrirme. Por señas y a los gritos le hice entender que me había dejado la mochila y sólo quería mirar. Me dejó subir, miré… y nada.

Lo mismo me ocurrió luego con el segundo, y con el tercero; y cuando estaba llegando al cuarto, el semáforo se puso en verde y el colectivo arrancó, pasó por delante mío y me pemitió apreciar en una de sus ventanas las caras de “¡acá esta tu mochila!” de la parejita melosa que había viajado conmigo.

Como accionado por un resorte, comencé a correr por la vereda al colectivo, que dobló a la izquierda en la esquina tomando la Avenida Pueyrredón. La crucé a toda velocidad (la camisa a esa altura estaba poco presentable) y luego, doblando a la izquierda, crucé la Avenida Córdoba (que seguía en verde). Cuando terminé de cruzar, vi con gozo indescriptible cómo el bondi frenaba en la parada, veinte metros delante mío.

Lo alcancé, y para asegurarme, comencé a golpear el costado con la mano para que el colectivero no arrancara, asumiendo el riesgo de recibir de él no mi mochila sino una monumental paliza.

Por suerte no sólo no sucedió eso, sino que al subir el chofer me entregó el trofeo con una sonrisa, mientras los pasajeros me aplaudían como si hubiera reencontrado a mi hijo.

Aunque la mochila estaba pesada sentí diez mil kilos menos sobre mi espalda; y mientras bajaba, unos testigos del drama me gritaron: -¡Vos sí que tenés “suerte” eh!- (no fue “suerte” precisamente la palabra)**.

Pasado lo peor, lo único negativo era que no veía a Carlos por ninguna parte. Probablemente me había abandonado y se había llevado los cien pesos; tampoco llegaría a la celebración a tiempo caminando. Sin embargo estaba feliz: había recuperado mi tesoro.

Tras un breve debate interior, decidí confiar en la bondad de la humanidad, y esperar al taxista en Córdoba y Pueyrredón por lo menos un rato para ver si aparecía, pero no vi señales de él. Y cuando ya había perdido toda esperanza, unos bocinazos me indicaron que la humanidad no estaba perdida todavía: era Carlos, que frenaba enfrente mío y me hacía señas para que subiera.

– ¿La conseguiste, pibe?

– ¡La conseguimos, Carlos, la conseguimos!

– ¡Impresionante lo tuyo! ¿Y ahora qué hacemos?

– ¡A Esmeralda y Viamonte! ¡Tengo una fiesta por delante!


* (en ese momento ¡cien pesos era mucha plata, gente!)

**(la expresión real fue “un culo tremendo”)

Glosario:

  • blanco Ala: Blanco impecable, “Ala” es una marca argentina conocida de jabón en polvo.
  • Bondi: Colectivo
  • La había pegado: Había tenido suerte.
  • Laburo: Trabajo
  • Ya fue: No importa.

11 comentarios en “¡Mi primer relato!

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