Una historia más de amor

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Vuelvo a subir un pequeño cuento, esta vez producto de un ejercicio en el Taller literario que estoy haciendo en Ciudad Universitaria. ¡No puedo contar de qué se trataba el ejercicio para no spoilear el cuento!

Aquí viene la historia…

Una historia más de amor

Dicen que el amor a primera vista no existe, que son disparates de novela. Pero nada describe mejor lo que sentí cuando la vi por primera vez.

Recuerdo perfectamente ese día: era una tarde lluviosa de invierno, de esas para quedarse en casa con una taza de chocolate caliente. Yo, en cambio, caminaba por Avenida Corrientes buscando no recuerdo qué. A decir verdad, poco es lo que recuerdo de mi vida antes de mi encuentro con ella. Recorrí cuadras y cuadras vagando sin rumbo, con el corazón sumergido en un océano de soledad. Así estaba, cuando un cartel en el frente de un local de ropa captó mi atención, no sé por qué. Tras vacilar un momento, decidí entrar. Caminé distraídamente a través de los percheros, sin saber muy bien qué hacía allí, mirando sin mirar. Fue entonces cuando la vi: se encontraba de espaldas, entre un stand de zapatillas y un maniquí vestido con ropa deportiva; tiesa, como si hubiera estado esperando mi llegada desde tiempos que ya nadie recuerda. Quizás era por efecto de las luces del local, quizás era sólo mi fascinación por ella, pero la veía brillar con un resplandor candoroso, que inundaba mi interior de música, de odas a la finura de su ser. Su silueta quitaba el aliento, su talla era simplemente perfecta.

Con temblor infinito me acerqué, y rocé con mi mano trémula uno de sus hombros. Su contacto con mi piel fue más suave de lo que puede imaginar hombre alguno sobre la Tierra. Se aceleraron aún más los latidos galopantes de mi corazón. La tomé por un costado y lentamente se giró hasta que la vi de frente. En ese momento mágico creo que ambos supimos que estábamos hechos el uno para el otro, y que no nos separaríamos nunca. Lentamente me incliné, y, con lágrimas en los ojos, la besé. Fue un beso breve, delicado, que sin embargo duró una eternidad de fuego.

Mientras me incorporaba, miré hacia mi izquierda, y noté al vendedor mirándonos con suma desconfianza. Me molestó mucho, ¿qué es lo raro? ¿acaso nunca conoció el amor este hombre? Volviendo mi vista nuevamente hacia ella, la miré brevemente con inmenso cariño, y la dejé un momento esperando allí mientras me acercaba con los dientes apretados al señor del local.

– Buenos días, ¿en qué puedo ayudarlo? – me dijo, todavía con el ceño fruncido.

– ¡En nada, señor! – Exclamé – No buscaba nada en particular. Simplemente entré, la vi y ahora quiero ser feliz y retirarme con ella – dije, señalando hacia donde se encontraba, paciente, esperándome. El rostro del hombre se ensombreció, y frunció aún más el ceño. 

– Ehh, no creo que sea su estilo, joven – dijo, mirándome de arriba abajo, entre molesto y nervioso, como sin saber muy bien cómo actuar.

– Bueno, ¡¡ése es mi problema en todo caso!! ¡¡No tiene derecho a interponerse!! ¡¡Me voy con ella!!

– Le va a costar mucho esto.

– ¿¡Es una amenaza!?

– ¡Es simplemente una observación!

– El amor requiere sacrificios, señor; ¡y por ella haría lo que sea!

Así fue como salí del local junto a ella, dejando atrás a un vendedor aliviado de deshacerse por fin de mí. Íbamos caminando despacio, rodeándola yo con mi brazo, radiante. El mundo había cambiado radicalmente: sus colores eran más vivos, sus aromas más intensos.

Vivimos muchos momentos felices juntos. Esa misma tarde fría en que nos encontramos por primera vez la llevé a mi casa, paseamos por mi jardín, y me quedé dormido viendo la tele, mientras ella me cubría los hombros para que no me resfriara. Le había entregado mi corazón en custodia. Creí que entre nosotros se había creado un lazo perenne, inmortal.

Pero la pasión desbocada te enceguece y te conduce a cometer estupideces…

Mi locura emocional me llevó a no dejarla tranquila ni un día durante 2 meses. La obligué a acompañarme en todo: comer, dormir, pasear al perro, jugar al fútbol con mis amigos, ir al cine a ver esas películas de guerra que a mí tanto me gustan… Alguno podría decir que la presioné demasiado, que la traté como a un mero objeto, que le exigí más de lo que podía dar… y tendría razón.

Debería haber notado cuán desgastada se encontraba por nuestra relación. Debería haber percibido que semejante intensidad le estaba haciendo mucho daño. Ya no podía salir con ella a ningún lado, ya no brillaba, ya no la sentía cómoda conmigo. Su aspecto se volvió lamentable, se volvió áspera al más mínimo contacto, su color se fue apagando. Así fue como, un trágico día, finalmente dijo basta.

Ninguna elaborada frase ni poema desgarrador podrá expresar la eterna tristeza que sentí al separarnos definitivamente, cuando la dejé en el banco de una plaza nos solíamos sentar.

El amor no tiene fronteras, el amor parece invencible… pero hay que cuidarlo, cada día, como la flor más preciada y frágil del jardín.

¡Oh, mi amada! ¿Dónde encontraré otra como vos, que me abrigue en las noches de otoño, que vuelva cálidos mis días? ¿Quién me protegerá de la frialdad del mundo, de las enfermedades del corazón? ¿Dónde encontraré otra campera con quien enfrentar las tormentas y los vientos de la vida?

Mis amigos me dicen que tomé las cosas demasiado en serio, que quizás la pérdida de una prenda de ropa no sea para tanto, y que realmente debería hacerme ver. No termino de entender por qué me insisten con eso. Tal vez tengan razón, tal vez tenga que abandonar este dolor, y dejar que ésta sea, simplemente, una historia más de amor.


Esta historia fue un entretenimiento y no es para tomar demasiado en serio, sino que tiene finalidad humorística: Un pobre obseso que deposita todos sus anhelos de compañía y su extrema obsesión en una prenda, a la que trata (mal y compulsivamente) como a una pareja, y que precisamente por ese comportamiento daña a su «compañera» y a su retorcida relación con ella.

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5 comentarios en “Una historia más de amor

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