Dulce De Leche

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Se encontraba, por fin, frente a la heladera. Abrió la puerta y sacó el postrecito de vainilla y dulce de leche que solía comer de niño y que hacía tanto que no probaba. Ya casi había olvidado su sabor, como si el recuerdo de éste se hubiera ido desvaneciendo junto a su inocencia, hacía ya mucho tiempo.

Con impaciencia –y un ligero temblor en las manos- quitó la tapa del potecito, tomó la cuchara que había dejado sobre la mesa, y se dispuso a revivir ese gran placer de su infancia, a revisitar ese pequeño y acogedor lugar de su niñez. Con el corazón retumbándole en el pecho, se acercó el pote para comérselo primero con los ojos.

Sin embargo, al posar la mirada en el preciado recipiente notó que algo no andaba bien, algo no cuadraba.

No tardó en notarlo. No podía ser.

¡Era una barbarie! ¡Una canallada! ¡Habían cambiado la disposición de los sabores! Mientras que, con nostalgia, recordaba que toda la vida la vainilla había estado encima y el dulce de leche en el fondo; ahora algún caprichoso gerente, diseñador industrial, publicista, ingeniero, director técnico o quien bosta fuera, había tenido la brillante idea de DARLOS VUELTA.

Recordaba cómo solía ingerir la vainilla casi con resignación, pensando en que pronto llegaría la gloria, el codiciado dulce de leche que lo esperaba en el fondo para dejarse saborear con emoción.

Y ahora, esto.

Pero a él nada se le escapaba. No lo iban a pasar por encima. No lo iban a ningunear así. Con decisión, tomó su cucharita: con infinita delicadeza hizo a un lado el dulce de leche, y comenzó a comer la vainilla del fondo. Una vez acabada ésta, sólo quedarían la porción de dulce de leche y él. Se tendrían el uno al otro, cara a cara, como en los viejos tiempos.

La tarea, no obstante, era sumamente complicada, por no decir imposible. Requería de una precisión casi quirúrgica.

Una tras otra, las cucharadas viajaban del potecito a su boca. El dulce de leche, rebelde, de tanto en tanto subía en pequeñas cantidades al ovalado transporte. Cada vez había menos para disfrutar al final del proceso.

Estaba fracasando: La vainilla estaba siendo liquidada; pero, de la misma manera, poco quedaba ya del dulce de leche. Comenzó a sentir el agobio de la tarea incumplida, el sabor amargo del desaliento y la frustración… un sentimiento que le resultó extrañamente familiar, una sensación traída de los abismos de su inconsciente, saliendo a flote como un globo del fondo de una pileta.

Y de repente lo vio. Lo vio todo tan claro, ¡tan claro!

Su memoria poco agraciada una vez más le había jugado una muy mala pasada.

Los sabores nunca habían cambiado la disposición: Él, toda su vida, había hecho lo mismo que estaba haciendo ahora.

 

Encontré este antiguo relato ordenando archivos en mi computadora. Es bastante sencillo, relajado, incluso tonto.

Me divirtió mucho porque me hizo recordar momentos simpáticos de la infancia, así que lo desempolvé, lo retoqué y acá lo tenemos.

Ilustra una de tantas ocasiones en las que volvemos a algún lugar o momento entrañable del pasado (como visitar nuestro colegio primario después de varios años), y la interacción -muchas veces divertida, sorprendente, y/o extraña- que se da con el recuerdo que teníamos de ese lugar/momento.

 

5 comentarios en “Dulce De Leche

  1. JAJAJA, muy bueno!!!
    El final es terrible!!!!!! La realidad, muchas veces, es cruel. Concuerdo en que el dulce de leche merece asentarse en el abismo, en lo insondable. No son cosas de las niñez, en mi juventud o temprana adultez es allí donde idealmente habita.

    Le gusta a 1 persona

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